¡Feliz y Santo año nuevo!

Querida familia, damos gracias a Dios por este nuevo año que nuestro Señor y Rey del Universo nos regala, y seguimos con la gracia del Señor, en nuestro camino de conversión a través de nuestra lectura espiritual.

Como no podía ser de otra manera iniciamos este año Santo Año con un interesantísimo breve tratado teológico sobre la Eucaristía del obispo Robert Barron, fundador de Word on Fire Catholic Ministries, nombrado el 2 de junio de 2022 noveno obispo de la diócesis de Winona-Rochester (Minnesota).

Este tratado teológico aborda la Eucaristía, centrándose en tres asuntos principales: el banquete, el sacrificio y la Presencia Real.

Entender la Eucaristía como convite sagrado.

Desde el principio de la creación Dios situó a Adán y Eva en un jardín de delicias terrenales, y les permitió comer del fruto de los árboles, salvo de uno (Gn 2, 15-17), es decir les enseñó a participar de su vida mediante la alegría del comer y el beber. No obstante, aunque Dios quiere que comamos y bebamos en comunión con Él, nuestro orgullo y miedo acaban por estropear la fiesta.

Pero la historia de la Salvación es una continua “operación de rescate” que culmina con Jesucristo.

Ya en el Antiguo Testamento aparecen dos banquetes sagrados, el primero de ellos es la PASCUA judía durante el EXODO. En dicho banquete, Dios congrega a su pueblo en sus hogares en torno a una mesa, y solicita la repetición de dicho acto se para siempre, siendo un primer intento de recobrar de forma imperfecta el banquete del jardín del Edén.

El segundo ejemplo del simbolismo del banquete sagrado lo tenemos en el libro del profeta Isaías, “Hará Yahvé a todos los pueblos en este monte un convite de manjares frescos, convite de buenos vinos: manjares de tuétanos, vinos depurados” (Is 25,6).

Todo ello, hace que no nos extrañemos que en el Ministerio de Jesús el convite sea el centro de su obrar mesiánico, ya que las enseñanzas más profundas de Jesús, tienen lugar en torno a una comida: la conversión de Leví, el milagro de los panes y los peces…

Por tanto, la historia de la salvación puede leerse como el empeño del Dios trinitario por atraer a la familia humana a un gran banquete, a una relación que replique el AMOR en mayúsculas que es Él mismo. La liturgia Eucarística condensa y reitera la historia de la salvación que culmina en el convite, en donde Jesús nos alimenta con su propio ser.

Entender la Eucaristía como sacrificio.

A lo largo de la historia del pueblo de Israel, Dios sella tres grandes alianzas la primera de ellas con Abram, la segunda con Moisés y la tercera de ellas en tiempos del rey David.

A pesar de que la alianza y el sacrificio eran elementos clave de la antigua religión de Israel, en la Biblia persiste la sensación de que ese pacto no terminó de cumplirse, y que los sacrificios nunca poseían una eficacia completa.

El profeta Jeremías bien refleja la promesa de Yahvé “Dios mismo satisfará la alianza y perdonará los pecados de su pueblo” (Jr 31, 31-33).

El sacrificio definitivo de Jesucristo, sumo sacerdote, dispone la vida eterna para toda la humanidad, y cumple la alianza más allá de lo que se pudieron imaginar Abraham, Moisés, Isaías o David.

El sacrificio de la Misa es la participación en este grandioso acto eterno, ya que, por la eternidad de Cristo, en la Misa se produce una especie de dislocación de las dimensiones temporales, en la que el presente se encuentra con el pasado, y ambos anticipan el futuro escatológico.

Así se cierra el círculo, la liturgia eucarística es un convite santo porque es una ofrenda sacrificial. La Sangre de Jesús revive y mejora la brisa del Edén, y Dios y los seres humanos son de nuevo amigos.

Entender la Eucaristía como Presencia Real de Cristo en ella.

En el discurso eucarístico de Jesús, pronunciado en la sinagoga de Cafarnaún, Jesucristo perdió a casi toda su Iglesia. Para los judíos era difícil de entender que la Eucaristía era y es en verdad el cuerpo y la sangre de Jesús; en parte porque en el Antiguo Testamento aparecen numerosas prohibiciones explicitas relativas al consumo de carne y sangre.

San Juan y los Santos Padres, San Irineo, San Juan Crisóstomo, Orígenes, Lanfranc y Santo Tomas de Aquino entre otros, dieron un testimonio elocuente, de la presencia Real de Cristo en los elementos eucarísticos.

Así como la Palabra de Dios llamó a la existencia a todo lo creado, su Palabra divina a través del sacerdote que actúa in persona Christi, transforma el pan y el vino en su cuerpo y en su sangre.

Os animamos a profundizar en esta joya teológica que nos puede ayudar a profundizar en el significado más profundo y teológico de la Eucaristía.

“Eucaristía, Sacramento…. y necesidad vital, porque sin ella nos moriríamos de hambre, en sentido espiritual” (James Quigley OP).